Hacer zazen en México…

Hacer zazen en México puede ser una condición de privilegio en muchos sentidos. Podemos verle desde el lado de la moda, la pose, la banalidad o desde el principio de los exclusivos o exquisitos; en realidad uno puede perderse en esas ideas medio egoístas y envidiosas de descalificar a los otros porque no tienen un Maestro que los guíe. También en pedir el derecho de antigüedad en eso de ser los primeros que han hecho zazen en México; eso no debe discutirse. Lo que importa ahora es saber qué es lo que se está haciendo por los otros y por uno mismo. ¿Somos en realidad mejores personas que las que no hacen zazen o somos lo mismo, incluso peor, porque nos consideramos iluminados? En México hacer zazen es hacerlo con el conocimiento de nuestro pasado inmediato, de los valores ancestrales de una cultura que tiene algunos principios para compartir con la humanidad. En el zendo uno puede ver otra parte de una naturaleza que hemos mantenido alejada, y que nos enseña un principio antropocéntrico que nos deja ver otra parte de nuestra vida, ese mundo de competencia donde nada nos satisface, donde nada nos llena el vacío interior.
Genshin.

Hacer zazen y vivir, dos cosas que se pueden hacer sin queja.
(Fragmento extraído de Órganos, emociones y vida cotidiana. Sergio López Ramos. Ed. Los reyes. 2006.)

Los seres humanos somos los animales más descontentos del planeta; nos quejamos si hace frío, si hace calor, si llueve, si no llueve, si cae granizo o nieve; con los vientos sucede lo mismo, si son secos, húmedos, calientes, fríos, o muy fuertes; si somos chaparros, prietos, grandes, flacos, gordos, en fin no hay quien nos dé gusto como animales que depredan el planeta. ¡Estoy cierto que no siempre fueron las personas así!
Pero, ¿cuándo cambió la actitud de los seres humanos? ¿Cuándo dejaron de ser los hombres que vivían de acuerdo con los tiempos? ¿Cuándo inventaron la queja? Son preguntas que me hago cuando veo a los seres humanos que han perdido el sentido de las cosas; la relación con la naturaleza y de naturaleza. Les veo los ojos, tristes y sin brillo, la piel blanca y debilitada por habitar en la sombra.
Ahora el sol es verde en las ofertas de vacaciones. En esos hombres pálidos y sin ojos alegres veo seres que no conozco, no los puedo concebir con la alegría por la vida, que estilo se manifiesta en todas las expresiones de su existencia, están insatisfechos de todo; aunque existe alguien que los ama, siempre le encuentran un pero.
Pero una ilusión lleva a otra y hace perder la posibilidad de ver el mundo, lo que nos deja en desprotección; la ignorancia y la banalidad se apropian del cuerpo.
Uno puede verse muy melancólico por el pasado, por lo viejo y nos pueden poner en la boca la palabra añoranza por lo ido, lo que implica que somos unos inadaptados a los nuevos tiempos. Esa es una descalificación o una etiqueta de los otros para encasillarnos cuando no nos comprenden en su ilusión, pero las palabras de negación se convierten en una basura que no les da limpieza en su existencia; es algo incómodo que se filtre en los sueños, en las actitudes que son vigilantes.
La inconformidad se hace una actitud, se puede descalificar a los otros porque son lo que no hay y eso mueve el ser espiritual que somos; nos da la palabra manifestada en síntomas o insatisfacción con la vida, no existe escapatoria; por más subterfugios que construyan en el cerebro siempre existirá la insatisfacción interna, siempre habrá algo que aparece como la verdad de lo vivido.
Pero el ser humano ha construido distintos caminos como para intentar salir de la confusión mental y orgánica. Tal parece que sólo busca la ley del menor esfuerzo para vivir con su cuerpo; la ilusión y la fantasía permiten alejarse del camino del trabajo con el cuerpo. Hoy día se desea todo sin que cueste trabajo: pero el fracaso es manifiesto, nada puede funcionar a partir del sólo deseo y ahí empieza gran parte del sufrimiento.
Podemos decir que es el cerebro o la ilusión que se vive en la sociedad la que demanda nuevas posibilidades para aprender a vivir de ilusiones. Eso nos habla de un submundo, del mundo que se mueve y permite ver estrellas fuera de las ciudades. Ver se convierte en una acción que olvida la relación con el sentir lo que se ve; el goce, el acto de ver se convierte en colores y formas que incitan a ser un mirón pasivo: las imágenes son la droga socialmente aceptada de los niños. Hacer que el cerebro construya alimentándolo con una cultura ilusoria sólo permite tener seres humanos perdidos en su interior; con los años se constituye un vicio, es sólo un malestar que indica la falta de camino. Llorar y volver a llorar parece una actitud de persona perdida en el oficio de vivir. Por eso el vicio no se llevó con objetos y por ilusiones; estar descontento se convierte en una personalidad, es una actitud que no rinde frutos como debiera, según la persona. Esa insatisfacción, traducida en lo cotidiano, es tristeza, abre la posibilidad de aprender a sufrir como estilo de vida, a ver el fatalismo como único camino, lo que instituye un cuerpo encaminado a pedir “perdón por la tristeza”. La inconformidad no es innata en el hombre, es la perdida de la armonía con su vida y los demás seres; dicen los taoístas, los budistas, que perder el camino es estar en la locura. Es la locura de las ilusiones, de las fantasías, de la seducción por el poder; los seres humanos dejan de ser lo que son para ser otros que sólo esperan señales salvadoras, pero la salida no aparecerá, eso es una ilusión. Faltó aprender a ver con otros ojos mientras eso sucede, sólo con trabajo en el cuerpo se dará una respuesta. También he pensado que todas estas conjeturas son producto de la ilusión, de la fantasía convertida en verdad y yo también me convierto en el buscador de la ilusión que me saque de la tristeza. Una cosa logro aprender: no existen soluciones para mi persona; pero el desarrollo es una cosa que está fuera y dentro de las personas, quiero recuperar la confianza, no teniendo nada seguro; cultivo la intuición esa que me quitó el método cartesiano; la paradoja es que en la intuición no hay nada seguro, pero sé que esto es cierto, lo que uno quiere es librarse de la locura, volver al camino, a ese estado libre de opresión de los deseos por apegarse a esa ilusión de que las cosas cambiarán mañana, mientras me siento a esperar y mañana todo continúa igual o peor en nuestras vidas.
La inconformidad se convierte en un estado de salud que se dibuja en el rostro, es una escritura que va siendo escrita con los deseos no cumplidos; con frustración y amargura que nos hace ver todo natural y nos invita a la depredación de los otros, alguien tiene que pagar el costo de nuestra lectura. Aunque la felicidad también se dibuje en el rostro “dígame que hago” puede ser la pregunta más frecuente cuando alguien nos aborda para saber cómo salir de sus ilusiones y frustraciones, nada le place, nada le llena, nada le sirve, cree saberlo todo, pero no es así, la ignorancia lo invade, nos deja ver que su campo es una posibilidad para encontrarse con su interior con la esperanza de desarrollarse espiritualmente ¿qué es escuchar y qué no es escuchar? La ilusión también ensordece, la realidad es un sol que otros han visto y no han cambiado su luz, a pesar de eso no es el mismo y eso marca nuevas ilusiones a los que habitamos la tierra, ¿cómo saber que la nitidez de lo que se ve no está cruzando por la ilusión, por la ignorancia? La inconformidad es sólo otra ilusión o es la pérdida del camino.
Estoy en el zendo y me asomo a las nopaleras; las veo crecer sin problemas, me dejo llevar por sus voces ovaladas y sus tunas con flores rosas grandes, no sé cual color vean mis ojos, todo es una ilusión no me han llevado a ningún lugar, sólo son mis deseos y así puede pasar con cualquier cosa, todo depende de lo que deseo escapar o evadir, me puedo dar cuenta de eso; esa es una posibilidad para aprender a ver lo que no deseo, saber dónde estoy, pero aún así, escucho en mi interior el misterio de la duda.
No hago caso, sigo lo que dice mi intuición y sólo así puedo verme tan pequeño tan cerca de los nopales y magueyes.

EPÍLOGO

 

Un día cercano se podrá decir que el zen es importante para vivir en la ciudad, y no sólo por moda o porque permita respirar mejor, sino porque habremos aprendido a contemplar a los otros con algún grado de tolerancia y podremos cooperar para vivir sin la prisa de una sociedad en descomposición.
También será una herramienta para buscar el camino de en medio en una sociedad con altos niveles de peligrosidad, pero lo más importante es que permitirá darse un espacio en el cuerpo. Podremos darle sentido a ese vacío de las presentes generaciones, a esa pérdida del camino que ahora las lleva a pensar que nada es importante salvo vivir para consumir.
El trabajo con el cuerpo implicara una búsqueda espiritual en la que encontraremos nuevos sentidos en nuestras relaciones con las cosas y con los seres vivos, y en ese proceso estableceremos también nuevas relaciones basadas en el sentido profundo de construir una vida mejor para los otros.
El sufrimiento será menor, podremos verlo como algo que se da sin experimentar, ese pesar que nos representa ahora, y todo esto traerá consigo nuevas prácticas con un sentido de responsabilidad para con el planeta y los no nacidos. (Fragmento. Relatos de un zendo mexicano II. Sergio López Ramos Genshin)